sábado, diciembre 10, 2022

Reseña tergiverzada de la Fenomenología del Espíritu de Hegel

Por Juan Carlos Domínguez Vergara

Capítulos I al IV: Consciencia y Autoconsciencia

Buen libro ese de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, muy recomendable a ustedes su lectura que, al tener nociones del método dialéctico, puede ser más accesible su lectura, pues el libro maneja la dialéctica de cabo a rabo. Como sabemos, Hegel es idealista y es una de las fuentes del marxismo leninismo. El libro narra la experiencia de la Consciencia en la búsqueda de la base de su conocimiento, parte de la Consciencia Individual y muestra sus múltiples transformaciones que, a través de la experiencia desarrolla, pasando de la Consciencia a la Autoconsciencia, Razón, Espíritu Universal y Espíritu Absoluto. 

La Consciencia (o sea, el individuo) nace y se encuentra en un mundo extraño e incomprensible, ajeno a ella. En lo inmediato abre los ojos y solo ve objetos o cosas, esto, ello y aquello y aquellos otros, múltiples estos. No tiene conocimiento de nada, ni de sí misma, pero está en el mundo y debe recorrer un largo viaje para hacer del mundo su mundo, apropiárselo, ser UNO el mundo y ella, y para ello cuenta con una larga vida que, si no es truncada, podrá ganar en comprensión y entendimiento de este mundo en el que ha nacido, conocerá su ser en sí, su ser para sí, su ser para otros y convendrá de que es parte del Espíritu Universal, la Consciencia del mundo. Al final del recorrido, se desarrollará la transformación del Espíritu Universal en Espíritu Absoluto, es decir, al final del recorrido, el mundo debe dejar de ser ajeno a ese Espíritu Absoluto, debe sentirlo como su hogar, como su lugar, como su hábitat natural. ¿Podrá la Consciencia lograr encontrar la base de su conocimiento, para reencontrarse y reconciliarse con el mundo o se perderá en el camino y vivirá una vida errante, totalmente perdida, totalmente cosificada y cosificante (que trata todo tipo de seres indistintamente, como cosas) o totalmente retrotraída en una crisis mundial perenne? 

En la inmediatez, al nacer, la Consciencia ve éstos, objetos que cambian con el cambiar del espacio y el tiempo, del aquí y del ahora. Los objetos le son extraños y no logra captar su concepto. La Consciencia se ve obligada a distinguir unos objetos de otros por lo que da cuenta de que cada objeto cuenta con infinitas propiedades (redondo, salado, pequeño, rosado, etc.). Logrado esto, ahora la Conciencia va más allá y busca relaciones de unos objetos con otros, pero siempre objetos, distintos y de algún modo relacionados. La Consciencia va más allá aún, ahora se da cuenta que ella es un objeto más de entre muchos que hay en el mundo, y fija su atención hacia sí misma y se da cuenta que no es un objeto más sino sobre todo es un sujeto, sujeto que tiene capacidad de conocer el mundo en el que habita y conocerse así mismo. La Conciencia se transforma en Autoconsciencia, y como tal desea devorar el mundo que le es extraño. 

La Consciencia autoconsciente desea deseos, entre esos deseos, desea ser reconocida por otras autoconsciencias. Entre dos Autoconsciencias que necesitan ser reconocidas se establece una relación de lucha a muerte que finalmente termina en una relación de dominación amo-esclavo, en la que la vencedora ocupará la posición de amo y puede decidir sobre la Autoconsciencia vencida que jugará el papel de esclavo. Pero la Autoconsciencia vencedora no está satisfecha pues no es reconocida sino apenas por un esclavo lo que implica desdicha para ella. La Autoconsciencia vencedora, en su desdicha, vive del oprobio y de la holgazanería, yace muerta de aburrimiento, pues todo le es dado por el esclavo. El esclavo, haciendo para el amo, transformando el mundo con su trabajo, crea la cultura y de esa manera se transforma; por lo que el amo termina siendo esclavo y el esclavo, amo. 

En un proceso incesante de la Consciencia (Autoconsciencia) al intentar superar esa relación de dominación, busca desesperadamente salidas a su estar en el mundo, busca su libertad; tres salidas encuentra para ello: el estoicismo, el escepticismo y la Consciencia Infeliz. 

 Con el estoicismo, la Consciencia busca su libertad en el pensamiento puro, en el retrotraimiento o ensimismamiento, lejos del trono y de las cadenas y del mundo material, lejos del verdadero contenido de la vida, el estoicismo escapa entonces a la libertad, pero una libertad meramente abstracta, no a la libertad viviente misma. Otra salida falsa que encuentra es el escepticismo, y consiste en tener aquella actitud que niega todo lo que culturalmente está como dado, que lleva lo contrario a todo, si uno dice A, entonces la Consciencia responde que B, si se indica la igualdad, entonces la Consciencia opta por la desigualdad y si se dice desigualdad entonces opta por la igualdad en una actitud de disputa entre testarudos.

La tercera figura, superado el estoicismo y el escepticismo, es la Consciencia Infeliz, es la Consciencia Espiritual que consiste en ser dos Conciencias en una, o la Consciencia se transforma en una Consciencia doble, una fija, inmutable e infinita (Dios) y otra cambiante, mutable y finita (el hombre), la primera esencial y la segunda inesencial, la infelicidad deviene porque estas dos Consciencias en una están en clara contradicción, no se corresponde una con la otra y el aniquilamiento de una consiste en el autoliquidamiento de la otra y de la Consciencia misma. Esta contradicción se supera con el surgimiento del mediador (el sacerdote) que hace corresponder una con la otra a través de la renuncia de la Conciencia inesencial a sus decisiones y su compromiso a aceptar las decisiones de la Conciencia esencial.

Capítulo V: la Consciencia en su figura de Razón

—Consciencia, Consciencia, Consciencia, ¡ay Conciencia!, cuál es la base de tu conocimiento, qué dice tu experiencia—. Una vez superada esa doblez de la Conciencia Infeliz, la Consciencia concluye que ella es toda realidad, que el mundo es su mundo, que le pertenece. Esta es ahora su cosmovisión, totalmente idealista, pues idealiza la unidad del sujeto con el objeto, —conociendo el mundo se conoce a sí misma, pues el mundo dejaría de ser extraño a ella; no es extraño a uno lo que se conoce bien, al contrario, uno se siente bien y se siente libre en lo que domina y conoce bien—  pero se enfrenta con un problema, hasta ahora esa aseveración de que ella es toda realidad es una conclusión vacía, sin contenido, debe demostrar que en efecto es así, para ello debe superar la forma en que hasta el momento ha analizado el mundo, que había sido a través de la sensibilidad, de la percepción y el entendimiento, debe pasar a pensamientos más complejos; debe evolucionar a la Razón. A través de la Razón, deberá hacer corresponder lo abstracto con lo concreto, el concepto con el objeto, lo universal con lo particular, lo externo con lo interno, lo infinito con lo finito, la teoría con la práctica y así finalmente unificar el sujeto con el objeto como lo mandata el idealismo en el que ha decidido pernoctar; y todo ello lo deberá hacer con ayuda de la dialéctica que es negación y negación de la negación, es pues, movimiento.

Dado que la Consciencia ha evolucionado a Razón, la Consciencia se ha transformado en Razón Observante, analiza teóricamente toda la realidad, tanto el mundo de los objetos como así misma, desarrolla saberes, clasifica la naturaleza, pasa de lo particular a lo general en un ejercicio de esmeradas abstracciones, anda en busca de leyes naturales (donde tiene la certeza de que universal se corresponde con lo particular), no siempre las encuentra. Como Razón Observante también se analiza así misma, su corporeidad, su aspecto físico tanto interno como externo, sus huesos, todo ella; quiere encontrar la fuente de sus pensamientos, busca en los órganos del cuerpo, en la forma del cráneo y nada encuentra de forma clara.

De ser Razón Observante pasa a Razón Actuante, de la teoría pasa a la práctica y analiza la relación del hacer de su ser en tres momentos, la relación de su ser con el placer, con su corazón y con la virtud. En el primer momento, la Consciencia, transformada en Razón, pero cansada de teorizar, busca la felicidad, pero de manera inmediata, en el placer desenfrenado, totalmente pueril y frívolo, busca saciar su apetito voraz que se le presenta de manera natural, desprecia el entendimiento y los saberes, se precipita hacia la vida; más que construir la felicidad, se apresura a tomarla como si fuera un fruto maduro; este tipo de consciencia es pura individualidad, sin relación con lo universal o con una universalidad vacía, su conducta se resume en la satisfacción de sus deseos primarios.

En el segundo momento, la Consciencia (Razón) presenta su hacer o su actuar o su práctica en lo que creé ser ley de su corazón, es la Consciencia para la cual su individualidad es lo universal, su visión del mundo es la visión del mundo, lo que ella piensa en lo individual es lo que, piensa, se necesita en lo universal. La Consciencia observa un mundo ajeno, violento, hostil, injusto, arbitrario y odia ese estado de cosas y busca remediarlo pero, queriendo construir un mundo de paz con su ley del corazón, el resultado es la guerra de todos contra todos; las palpitaciones de su corazón por el bien de la humanidad la hacen tomar decisiones firmes pero, en vez de traer paz y felicidad, obtiene lo contrario, infausto mundo, pues la Consciencia (Razón) que establece su ley del corazón encuentra resistencia por parte de las demás Consciencias que tienen su propia ley del corazón. Cada Consciencia queriendo imponer su ley del corazón implica que no hay tal ley del corazón porque el carácter de ley implica universalidad, mientras que el carácter de su corazón implica individualidad, lo individual se contradice con lo universal, no se corresponden, no se logran corresponder.

En el tercer momento de practicidad, la felicidad se pretende alcanzar a través de la virtud, la Consciencia se presenta como Consciencia Virtuosa que debe renunciar y/o sacrificar su individualidad para alcanzar la universalidad pura, el objetivo es alcanzar lo verdadero y el bien; se convierte en un predicador del bien y de la verdad, de la buena Consciencia, la que sabe distinguir el bien del mal; desarrolla preceptos que si se siguieran por las otras Consciencias, tendríamos un mundo mil veces mejor. Dice el dicho ¡haz el bien, sin mirar a quién!, ¡amor con amor se paga!, ¡haz el amor, no la guerra!, ¡obra de tal modo que desees que tu acción, se convierta en ley universal! Para la Consciencia de la virtud lo esencial es lo universal (la ley) y lo individual es lo inesencial aunque, contradictoriamente, en el curso del mundo se suceda que lo esencial es lo individual y lo universal lo inesencial, por lo que las frases virtuosas no dejan de ser más que meras frases, construcciones sobre el bien y lo verdadero que están lejos de ser práctica común; el curso del mundo vence a la virtud, pero no vence algo real sino solo frases pomposas sobre el bien y la verdad, frases que son edificantes pero que no edifican nada. Del dicho al hecho hay un gran trecho.

A través de estos tres momentos del hacer del ser, vemos que la Consciencia (Razón), no ha tenido éxito, lo individual y lo universal continúan separados (la Consciencia y los otros); la Consciencia, al fin Razón, utiliza otra estrategia, abandona el deber ser y analiza el ser para sí, analiza a la Consciencia Individual actuante en el mundo real. Esta Consciencia Individual transforma la naturaleza, realiza obras, hace cosas, concluye que la Consciencia es lo que hace, compara sus obras con las obras de otras Consciencias, ninguna de ellas es mala, pues contiene algo en la cual la Consciencia se exterioriza. Pero la cosa hecha por la Consciencia Individual es contingente, efímera, que se niega a sí misma para dar paso a otras cosas, pero queda algo de esencial en todas ellas que es esencia universal, obra de todas y cada una de las Consciencias, esa cosa es la substancia ética. A esta substancia ética corresponde una Consciencia Ética, el Espíritu de un pueblo; la razón va en camino a transformarse y evolucionar a su siguiente estadio de desarrollo debido a su experiencia: el Espíritu.

Antes de la evolución de la Consciencia al siguiente estadio de desarrollo, la Consciencia Individual, que se considera parte del todo, cree saber lo que es justo y sano y se transforma en Razón Legisladora, se siente con poder de generar leyes de carácter universal pero fracasa en su intento y prefiere ser solo una Razón Examinadora de Leyes basado en el criterio de no contradicción para que sea universal, pero estas leyes no tienen contenido aún, por lo que se trata de una universalidad formal y fracasa en lo inmediato para darle contenido. Deberá seguir buscando la base de su conocimiento y evolucionando en un mundo cambiante.

Capítulo VI:  El Espíritu, la vida de todo un pueblo

Esta es la continuación de la historia de un personaje único en su género, llamado Consciencia, que está buscando la base de su conocimiento para superar su situación actual al sentirse extrañada del mundo en el que vive y sin embargo obligada y/o educada a alinearse a él. Esta es una historia ficticia, idealista cien por ciento, cualquier parecido con la realidad es meramente coincidencia.

Hasta aquí hemos seguido a la Consciencia hasta la figura de Razón ¿cómo se encuentra ella, la Consciencia?, ¿está desesperada por no encontrar la base de su conocimiento o tiene un halo de esperanza y está motivada, dado que se da cuenta de sus cambios cualitativos, de ser y al mismo tiempo no ser la misma que empezó este recorrido?, no lo sabemos, pero lo que es real es que sigue ganando en experiencia, ha pasado de la Certeza Sensible, a la Percepción, al Entendimiento, a la Autoconsciencia, a la Razón y finalmente ha llegado a la figura del Espíritu, que es la vida y la obra histórica de todo un pueblo y no ya solo de un individuo. En cada una de las pasadas figuras la Consciencia se encontraba con el movimiento dialéctico de la realidad y avanzaba en el conocer del mundo que es su mundo. Con la llegada hasta el Espíritu, la Consciencia tiene la certeza de su carácter social. La Consciencia abandona la estrategia de comprender el mundo desde su individualidad y hace un reconocimiento de las otras Autoconsciencias; la Consciencia Individual no es solo una Consciencia en sí y para sí, sino sobre todo es una Consciencia para otros.

La Consciencia en tanto que Razón, evoluciona a Espíritu. Desde el punto de vista metafísico eso significa que el Espíritu es Consciencia General, obra universal, individuo que es un mundo, sustancia real que es un pueblo, es el reconocimiento de sí mismo y del otro, del otro y de sí mismo. Pero el Espíritu, como otras figuras de la Consciencia no está exenta de contradicciones y será su conocimiento del desarrollo histórico lo que le permitirá elevar a verdad la certeza de que es toda realidad, es decir, la certeza de que el Espíritu no solo es la vida de todo un pueblo sino la Consciencia de ese pueblo de sí mismo y de su devenir; un pueblo que es en sí y para sí, que es objeto y sujeto y que se corresponde lo individual con lo universal, cuando se alcance el saber absoluto y su plena libertad.

El Espíritu es Consciencia General, pero en los inmediato, en los comienzos de la historia, el conocimiento de sí mismo se reduce a ser una mera sustancia, un algo allá afuera, algo que es en sí pero no algo para sí, un objeto, pero no un sujeto; la Consciencia tiene que transitar aún hasta el Espíritu Absoluto, cuando la Consciencia sea en sí y para sí y para otros.

En un primer momento, el Espíritu es pura esencia, puro ser en sí, puro objeto, y no hay un reconocimiento de sí mismo como sujeto; el Espíritu está en su forma natural, diríamos que tribal, libre como el viento, aunque no está consciente de esa libertad; en ese estado tribal la voluntad de un individuo se corresponde con la voluntad general, el individuo no está enajenado y las leyes de su pueblo (que se reducen a usos y costumbres) se corresponden con la voluntad individual. La virtud de un individuo consiste en vivir de acuerdo con los hábitos y las costumbres de su pueblo, de esa manera se apropian y viven de la naturaleza. Este estado natural del Espíritu es su inmediatez, es la bella Vida Ética de la Consciencia, no hay contradicción y sí armonía e identidad. En ese estado natural del Espíritu hay leyes, la ley humana y la ley divina, son leyes espirituales que no se contradicen, sino que se identifican y se complementan en buena armonía en la comunidad y familia. La ley humana (identificada con lo masculino) se corresponde con el espíritu de la comunidad, en ella, el individuo se corresponde con la ley y la ley con el individuo o, en otras palabras, lo individual corresponde con lo universal y viceversa; la ley humana es ley espiritual conocida, es la ley que es lo universal y es la ley que contempla la voluntad general. La ley divina (identificada con lo femenino) también se corresponde con el Espíritu del pueblo, pero al contrario de la ley humana, es ley espiritual no conocida, ley de abajo, subterránea, la del espíritu de los dioses del hogar, de la familia. Esta relación armónica de la bella vida ética se romperá necesariamente, pues no basta con ser libre, hay que saber que se es libre.

Con el devenir y con el acto, esta bella Vida Ética desaparecerá, cuando la ley divina choque con la ley humana. Cuando en la práctica se tenga que decidir, la Consciencia elegirá obedecer una ley u otra, dando fin a la Vida Ética y dando paso a la vez a la culpa y al delito, pues al obedecer a una ley se infringe la otra, conllevando con ello a un destino manifiesto que es un pantragismo inevitable.

En efecto, lo que deviene de la bella Vida Ética será todo lo contrario, un mundo extraño para la Consciencia, en ese mundo ella se siente enajenada y alienada; en dicho medio, el Derecho jurídico son leyes humanas que son universales pero ya no espirituales sino meramente formales, pues la ley humana ya no coincide con la voluntad individual, es decir, el individuo ya no ve expresada su voluntad en las leyes y éstas, ya no representa la voluntad general; por tanto, las normas legales son normas impuestas, y tienen un contenido vacío para la Consciencia Individual. Con el surgimiento del Derecho jurídico, la posesión de la naturaleza pasa a la propiedad de la misma, surge la propiedad privada, y la realidad de la Consciencia Individual se reduce a lo mío, en términos de la cantidad y calidad; la Consciencia Individual vale en tanto que posea poder y riqueza y si no, no vale nada, es un nadie. El Estado ya no es común acorde con los usos, costumbres y hábitos, sino que se impone sobre él, un individuo solitario o un estamento que se enfrenta a todos los demás, que se sabe con poder y ejerce una violencia destructora sobre los otros. El Estado es un estado corrupto, que abona a sus propios intereses o de estamento y no al interés general; es un Estado que ejerce una dominación absoluta sobre un mundo al que destruye.

Este mundo extraño que deviene es el mundo efectivamente real, es el mundo de la formación por medio de la cultura, que educa a individuos para que solo velen por su interés individual y no por el bien general, en un mundo donde una actitud noble termina siendo vil y la vil, noble; un mundo inverso al mundo ético, miserable y además polarizado. La consciencia extrañada de sí es una Consciencia Desgarrada, su educación es una educación alienada a este mundo y la Consciencia Individual está perdida entre los valores sobre lo que es el bien y el mal, entre lo que es la nobleza y la vileza y se pierde en una visión utilitarista del mundo.

Este mundo de la formación por medio de la cultura es el mundo del más acá, el mundo realmente efectivo, donde el individuo se encuentra totalmente enajenado, alienado, no representado, vilipendiado, sobajado, empobrecido, cosificado. En un intento de escapar de esta realidad efectiva, el Espíritu busca salida a su deplorable situación en el mundo del más allá, en el mundo irreal de la Consciencia pura o del pensamiento puro, en el mundo de la creencia de la fe, en donde clama por la libertad que en la realidad efectiva le es negada; pero en ese mundo del más allá, el del pensamiento puro, el mundo de la creencia de la fe se enfrenta con el mundo de la intelección (los sabiondos de la época), que deviene en una lucha entre ambas, acusándose mutuamente de ser de lo peor en una guerra sin cuartel; esta es la lucha de la Ilustración contra la Religión, del saber utilitarista contra la supersticiosa creencia de la fe, o lo que es más claro, el fundamentalismo ilustrado utilitarista contra el fundamentalismo de la creencia de la fe. En esta revolución, la Ilustración tratará de imponer una libertad absoluta con la estrategia del terror; hay una clara intensión por parte del mundo intelectivo de aniquilar al mundo de la creencia de la fe. La superación de esta lucha del más allá, la de la Ilustración contra la creencia de la fe se logrará cuando la Consciencia que es Espíritu deje de analizar a esa realidad que es formación por medio de la cultura, que es la sustancia, o que es objeto y pasará a analizarse a sí misma, como sujeto, ante su certeza de que ella es toda la realidad.

Dada mi existencia y la de los demás y el reconocimiento de mis derechos y el derecho de los demás, ¿qué debo hacer y qué no debo hacer que pueda influir en la sociedad?, ¿es mi acto un acto egoísta o un acto noble en beneficio de los demás? La Consciencia que es Espíritu tiene ahora en la mira a sí mismo o, en otras palabras, pasa de analizar los acontecimientos de la formación por medio de la cultura (sucesos políticos, económicos y sociales en el mundo) y se concentra en ella misma, y obviamente en ella misma encuentra contradicciones. Lo que encuentra de manera inmediata en ella misma son dos Consciencias en una, la Consciencia Natural y la Consciencia Moral, la primera como sensibilidad y la segunda como razón. La Consciencia Moral es producto de la razón dentro del pensamiento puro y además tiene como característica la necesidad de llevar a la práctica sus deberes, es decir, tiene que actuar conforme al deber; la Consciencia Moral es una Consciencia con principios, valores, ideales, convicciones, que se exige así misma para encontrar la armonía entre el deber y su forma de actuar. Esta necesidad de poner en práctica sus principios (el deber en el mundo de la abstracción), choca muy a menudo con la Consciencia Natural cuyo rasgo es que ésta es una Consciencia Sensible, que actúa no conforme al deber sino conforme al querer, motivada por impulsos y pasiones de lo más variados y no necesariamente relacionados con el deber.

De esta manera, la Consciencia Moral que surge en el pensamiento puro, es contraria a la Consciencia Natural, sus motivaciones son diferentes, la primera es en cuanto al deber, la segunda es en cuento al querer. La superación de esta contradicción será la Consciencia Moral Efectiva, la realmente existente, la que surge en el hacer u obrar de la Consciencia, en el actuar. Esta Consciencia Moral Efectiva busca hacer que el querer esté acorde al deber, que la Consciencia Natural se someta a la Consciencia Moral, que el deber se conozca y se quiera, que se quiera el deber, después de todo, nada bueno se puede hacer si no hay pasión. Pues bien, se trata de hacer a la sensibilidad acorde con la moralidad, pero en el acto, en el obrar real, en los hechos, es muy fácil que la Consciencia Moral se transforme en su contrario, en Consciencia Inmoral, que los impulsos humanos le ganen y la Consciencia que se dice moral sea en los hechos inmoral y se convierta entonces en una Consciencia Hipócrita e incluso en una Consciencia Envidiosa; dime qué haces y te diré quién eres, lo que haces me distrae de lo que dices.

Pues bien, la Consciencia Moral, dado que termina siendo inmoral, debe ser superada, y lo es cuando en lugar de poner deberes abstractos perfectos ante Consciencias Individuales imperfectas, solo veamos a los hombres (hombres y mujeres) actuar en la historia. Al ver la historia de los pueblos, nos encontramos con dos tipos de Consciencias (finalmente, un mundo dialéctico), una Consciencia Actuante que es una consciencia individual, con convicciones, que no se alinea al sistema sino que es una Consciencia Libre y esa libertad la obtiene del saber y del deber que tiene de sí misma (la certeza de sí misma), dispuesta a cambiar al mundo para crear leyes que le sirvan a los hombres y no hombres que le sirvan a las leyes; la Consciencia Actuante es una consciencia que abre el pico para comprometerse, aunque después salga con una batea de babas o, en terminología de Hegel, se convierte en una Consciencia Pecadora. Frente a esta Consciencia Actuante se encuentra una Consciencia Juzgadora, que no actúa, sino que solo juzga o su actuar se reduce a criticar a la Consciencia que actúa, aprobándolo o rechazándolo. Esta Consciencia Juzgadora es un alma bella, es una Consciencia meramente contemplativa; ese es su mero mole, la contemplación, que no actúa para no regarla y de esa manera no perder su pureza, solo se limita a observar y criticar a la Consciencia Actuante, darle línea, dirigirlo por el correcto proceder. Pues bien, hasta aquí ya es un buen choro, y el Espíritu está cerca de transformarse en Espíritu Absoluto.

Capítulo VII y VIII. La Consciencia conquista el saber absoluto, la ciencia

La Consciencia: El fin de una historia y el comienzo de otra y así, ad infinitum

En el libro “la ideología alemana” Marx y Engels señalan que “no ha habido tesis filosófica sobre la que más haya pesado la gratitud de gobiernos miopes y la cólera de los liberales” como la tesis hegeliana que reza: todo lo real es racional y todo lo racional es real; ese es el panlogismo, es decir, aunque no lo conozcamos aún, todo tiene una razón de ser, todos los fenómenos tienen necesariamente una explicación científica, por muy metafísicos que parezcan o sean. Con esta idea de totalidad, con la consciencia de que lo verdadero es el todo, concluirá el libro de la Fenomenología del Espíritu. El libro culminará también con el logro de la Consciencia de encontrar la base de su conocimiento: el saber absoluto, que es ciencia, que es la aprensión del objeto por el sujeto, es decir, el concepto. El concepto es lo que es en sí y para sí determinado, es consciencia y autoconsciencia, es lo que es libre.

Como vimos en el capítulo seis, la Consciencia, en su figura de Espíritu, analiza la historia, desde sus comienzos en el Espíritu Ético o mundo ético, hasta la formación por medio de la cultura. Al analizar la historia, primero se analiza a sí mismo, pero como objeto. Después pasa a analizarse así mismo, pero como sujeto o como Autoespíritu y en este aspecto, analiza la naturaleza humana en tanto que sensibilidad y moralidad. 

Comienza a analizar dicha relación de los deberes y deseos a través de la existencia de dos Consciencias contrapuestas, la Consciencia Moral y la Consciencia Natural, producto de la razón y de la sensibilidad respectivamente. La Consciencia trata de encontrar imperativos categóricos que lleven al Espíritu hacia el bien, pero las contradicciones reales muestran su fracaso, pues el deber de la Consciencia Moral es un deber abstracto y ahistórico, que no se compagina con las pasiones concretas e históricas de la Consciencia Natural; esta cosmovisión del Espíritu como sí mismo debe ser superada, a la Consciencia Moral deviene la Certeza Moral. Ésta última consiste en que, en lugar de compaginar deberes abstractos, ahistóricos y extraños a la Consciencia Individual, debe analizar el comportamiento de los individuos en el devenir, en su práctica concreta, ante sociedades y contextos concretos; no hay un deber puro, el deber es histórico y depende del grado de conocimiento y experiencia alcanzado por la Consciencia; el saber es deber y debe ser querer, el saber implica compromisos y convicciones, nada más claro que tener en cuenta que el saber compromete necesariamente; a estas alturas la Consciencia ya no es novata ni tiene una visión infantil del mundo, ha madurado y esa madurez le permite tener la certeza moral de sí mismo, de su deber y compromiso en el entorno social. Pero, aunque la Consciencia ha avanzado y madurado mucho, sigue siendo víctima de la realidad dialéctica de la que forma parte.

Ante este nuevo escenario de la Certeza Moral, se presentan dos Consciencias, la Consciencia Actuante y la Consciencia Juzgante; la primera individual y la segunda universal; la primera una Consciencia Buena y la segunda un Alma Bella; la primera una Consciencia activa y revolucionaria que busca cambiar al mundo y la segunda una Consciencia pasiva y solo contemplativa que busca no perder su pureza. La Consciencia Juzgante en su juicio es implacable y, mostrando un corazón de piedra, evidencia a la Consciencia Actuante de la impureza de su actuar, cobijada de buenos propósitos o con el manto de moralidad, evidencia que sus propósitos no son nobles sino mezquinos, que no busca hacer del mundo un mundo más justo, sino que busca reflectores y protagonismo para alcanzar fama y gloria como sus únicos intereses individuales. La Consciencia Actuante, desnudada en su proceder, acepta la arbitrariedad de muchas de sus decisiones y en un acto de autocrítica, pasa de considerarse una Consciencia Buena a ser una Consciencia Mala, y al hacerlo deja de actuar y se convierte en una Consciencia Juzgadora. La Consciencia Juzgadora, sin embargo, al evitar actuar y quedar en la mera contemplación por miedo de perder su pureza, se convierte en aquello que juzga y pasa de ser un alma bella a ser un alma vil e hipócrita; en conclusión, ambas consciencias pasan a ser Consciencias Pecadoras, pues ocultan el verdadero móvil de sus decisiones. La contradicción entre la Consciencia Actuante y la Consciencia Juzgadora se superará con el perdón de los pecados y el amor como elemento de redención, dando lugar al advenimiento del Espíritu Absoluto, la última figura de la Consciencia.

A través del arte de amar, la Consciencia sabe que su actuar es tanto deber como querer, tanto moralidad como sensibilidad. La Consciencia Juzgadora en su juicio era unilateral cuando debería ser totalidad; la Consciencia es sensibilidad y moralidad, es pasión y es razón, solo una Consciencia consciente sabe esto, con la madurez alcanzada actúa y juzga su actuar y la de los demás; el reconocimiento de ese actuar por los otros hace que su actividad sea reconocida o reprobada por los demás y por lo tanto con base en ello, su acción será o no será universal. La acción es individual y el reconocimiento o no reconocimiento de la acción por los otros hará a la acción universal o no universal, pero pasa por el reconocimiento y la crítica de los demás. Pero el que su actuar tenga que pasar forzosamente por la crítica social, no quita un ápice su responsabilidad individual basado en su certeza moral que implica lo que debe y no debe de hacer, el o los compromisos que decide asumir, implica tener consciencia del papel del individuo en la historia.

Como decíamos, con el amor y el perdón de los pecados deviene el Espíritu Absoluto, pero éste también tiene un desarrollo; en lo inmediato, este espíritu absoluto solo existe como intuición y se presenta por medio de la representación pura, la religión. La religión no es producto de la ignorancia, es producto de la búsqueda del conocimiento, que la han tenido los pueblos desde tiempos inmemoriales y que ha sido utilizada en distintas épocas para justificar la imposición y las masacres de unos grupos frente a otros.

Como se dijo anteriormente, el Espíritu Absoluto se presenta inmediatamente como pura representación, aunque la forma de esta representación es histórica, desde el politeísmo de los pueblos ancestrales hasta el monoteísmo de la época moderna, desde la representación del Espíritu Absoluto en fenómenos naturales, pasando por el arte religioso representada en figuras humanas, cantos e himnos, hasta en la religión revelada cuando dios se hace hombre o el hombre se hace divino: la vida, obra y muerte de Jesús. La religión es un saber intuido del Espíritu Absoluto de sí mismo, y cada época histórica tiene una representación genuina de esta intuición del Espíritu Absoluto, pero en la religión el Espíritu Absoluto aún no ha alcanzado el saber absoluto, el Espíritu Absoluto tiene consciencia de la Consciencia, pero no de la Autoconsciencia y ésta se logrará con el saber absoluto que es la ciencia.

Superado el espíritu absoluto como intuido y representado, el saber absoluto resultante permite a la Consciencia voltear hacia atrás; desde su nacimiento, recuerda y repasa cada momento que ha experimentado la Consciencia desde entonces, mostrando todos los cambios que ha habido en ella y sus relativas verdades. El saber absoluto implica que el ser es su devenir, que todo está en absoluta transformación y que somos no solo nuestro presente, sino nuestro pasado, cada individuo y cada pueblo se conocerá así mismo si conoce su historia, su devenir, y que cada momento que se ha vivido nos pertenece y nos explica lo que somos y lo que podemos llegar a ser. El saber absoluto es el reconocimiento de que el saber es relativo, de que lo único absoluto es que todo es relativo y que somos una serie de circunstancias y somos las decisiones correctas e incorrectas que tomamos y hemos tomado en el pasado.

El saber absoluto es la aparición de la ciencia para la Consciencia, aunque no es una exposición de lo que dicha ciencia es, sino simplemente su estar ahí. Llegada la Consciencia o el Espíritu Absoluto a la ciencia, faltaría la exposición de la misma, misma que Hegel desarrollará en su siguiente obra, La Ciencia de la Lógica; en ella Hegel desarrollará el método dialéctico en dos grandes divisiones, el espíritu objetivo y el espíritu subjetivo y en tres grandes partes, en primer lugar comienza  con lo más simple que es el ser puro, que es lo mismo que la nada, la nada pura, dos contrarios que son una y la misma cosa; en segundo lugar estudia a la esencia que es producto del devenir, que es a la vez, la superación del ser y de la nada; una esencia que tiene como contrapartida la apariencia y finalmente, en tercer lugar, se analiza el concepto o la ciencia conceptual como una superación del ser y de la esencia.

Y así, podemos decir que al final no hay final realmente, sino puro devenir. Como filosofía idealista esto se puede traducir en que lo finito no se contrapone a lo infinito (el hombre no se contrapone a Dios) ya que, de acuerdo con el logos, lo finito pertenece a lo infinito o, en palabras metafísicas, Dios o el Espíritu no es una sustancia o éter allá afuera, Dios son los pueblos y su devenir, Dios no es algo terminado, Dios se está haciendo.

Después de todo, de acuerdo con Hegel, la filosofía es su tiempo expresado en pensamientos.

Disculpen sus menesteres por estas interrupciones, pero ya saben cómo es esto, son muchos diablos y poca el agua bendita (popular dixit).