sábado, diciembre 10, 2022

Comentario sobre el libro "Pueblo en vilo" de Luis González González

El libro “Pueblo en vilo” es un lujo de obra literaria, fue publicado por primera vez en 1968; narra la historia de San José de Gracia, Michoacán, un pueblo a 2000 metros sobre el nivel del mar, un pueblo de charros, cuya actividad principal se ha centrado en la ganadería, la producción de leche y de quesos; la pobreza de la tierra da poco para la actividad agrícola más allá de lo mínimo indispensable. El autor Luis González, tuvo la gracia de nacer ahí y, con el arraigo y el amor natural a su tierra natal (solo se conoce bien, lo que se ama), nos relata los acontecimientos que han marcado ese pequeño espacio, cuestionando de esa manera a aquellos que piensan que la microhistoria es insignificante y absolutamente indigna de atención, señalando, además, con absoluta razón, que “la vida de las comunidades pequeñas… aporta experiencias humanas ejemplares para cualquier hombre” (González dixit).

La historia de los josefinos la relaciona con la historia de los grandes acontecimientos nacionales, ejercicio por demás interesante y deslumbrante, pues marca lo que parecen ser destinos e intereses distintos en un primer momento, sobre todo durante el transcurso del siglo XIX, pues mientras que la guerra de reforma, la república restaurada y el inicio del porfiriato eran acontecimientos que cimbraban la vida de la república, estos grandes acontecimientos pasaron prácticamente desapercibidos por estos habitantes, quienes estaban más interesados en los  acontecimientos naturales o religiosos, pues estaban seguros que de éstos dependían años buenos o malos en cuanto a la producción de sus alimentos. Se puede decir que ninguno de los denominados grandes acontecimientos nacionales hizo mella en la forma en que ellos establecían sus relaciones sociales de producción. Será con el sinuoso siglo XX (con el desarrollo del capitalismo, sus inventos y sus abyecciones) que los grandes acontecimientos terminarán por repercutir en esta pequeña población del noroeste de Michoacán.

El libro muestra, con gran amor y melancolía, por una parte, lo que el viento se llevó, en términos del estilo de vida de los josefinos en lo económico, en lo social, en lo espiritual, en lo político y en su relación con lo exterior, por otra parte, señala lo que perdura y lo que está por venir en términos de oportunidades, pero sobre todo de desafíos. Su estudio abarca una centuria, desde 1861 hasta 1967, periodo durante el cual el pueblo tuvo que luchar por sobrevivir a varios vaivenes del destino, —vaivenes que están, por demás, a la vuelta de la esquina para cada individuo, grupo o pueblo—. San José de Gracia se consolidó como pueblo en 1888, fue creciendo lentamente hasta el final del porfiriato, pero durante la revolución fue barrido, otro tanto sucedió durante la guerra cristera y, como saliendo de entre sus cenizas, volvió a renacer para aprender de lo vivido y retomar su vida con mayor ahínco y bravura. Para cuando concluye la obra, el autor ve a San José de Gracia como un pueblo en vilo, con un destino incierto, inestable y frágil. Sin embargo, poco tiempo después de que Luis González terminara su libro, se decretó el nacimiento del municipio Marcos Castellanos con Cabecera en San José de Gracia. Hoy por hoy se podría decir que San José de Gracia es una ciudad en ciernes “sin los humos, los olores desagradables, las miradas torvas, los asaltos y la inhumanidad de las urbes con exceso de hombres” (González dixit).

El libro está desarrollado, además del prólogo, en tercias; a manera de introducción, tres entradas, el desarrollo o cuerpo de la obra está dividida en tres partes y, a manera de conclusión, tres salidas. Respecto a la primera parte de la obra rescato en términos generales el estilo de vida de los habitantes de esta región en el siglo XIX. Sus actividades habituales de relación comunal eran variadas: gastronómicas, deportivas, amorosas, musicales, ígneas, literarias, de conversación, dramáticas. Los habitantes en general, eran gente pobre, pero no fue y nunca ha sido una zona de mucha miseria como tantas otras en México, pues aquí no se cayó en el latifundio ni en el peonaje; es un pueblo con fervor religioso y desconfiados de la política; su ideal de hombre es sencillo, hombres cabales, valientes, decididos, con honor y astucia. Son fuertemente conservadores, “en el hombre no se veían mal los vicios del cuerpo: la embriaguez, la cópula extramarital, el dormitar en la sombra de un árbol y el tabaco, el ideal de hombre era poseer tierra, mujer, ganado y oro” (González dixit), lo que constantemente provocaba feroces duelos entre ellos. Como buenos conservadores, se sabían muchos pasajes bíblicos y las oraciones seculares que la iglesia les inculcaba, pero el ser buenos cristianos tenía poca importancia, pues a menudo los instintos mataban a los buenos mandamientos divinos.

Como sociedad conservadora, se valían del refrán que dice, más vale viejo conocido que nuevo por conocer, por lo que eran tardos en resolver e iba lento el interés por conocer lo distante, sin embargo, lentamente llegaba hasta su lugar la aspirina, la máquina de coser, el correo, el periódico, y otras novedades del mundo exterior. Se mostraban maravillados por el progreso de los cambios tecnológicos y poco a poco se enteraban de las virtudes del teléfono, el automóvil, el cine, los tranvías eléctricos, la fotografía, el fonógrafo, la lámpara incandescente y otros artefactos que causaban entre admiración, asombro y miedo.

Termino con un comentario del mismo Luis González para que se animen a leer esta joya de la literatura: “Todos los pueblos que no se miran de cerca con amor y calma son un pueblo cualquiera, pero al acercarles el ojo, como es el caso presente, cargado de simpatía, se descubre en cada pueblo su originalidad, su individualidad, su misión y destino singulares y hasta se olvida lo que tienen de común con otros pueblos”.