Comentario sobre el libro "Pueblo en vilo" de Luis González González
El libro “Pueblo en
vilo” es un lujo de obra literaria, fue publicado por primera vez en 1968;
narra la historia de San José de Gracia, Michoacán, un pueblo a 2000 metros
sobre el nivel del mar, un pueblo de charros, cuya actividad principal se ha
centrado en la ganadería, la producción de leche y de quesos; la pobreza de la
tierra da poco para la actividad agrícola más allá de lo mínimo indispensable.
El autor Luis González, tuvo la gracia de nacer ahí y, con el arraigo y el amor
natural a su tierra natal (solo se conoce bien, lo que se ama), nos relata los
acontecimientos que han marcado ese pequeño espacio, cuestionando de esa manera
a aquellos que piensan que la microhistoria es insignificante y absolutamente
indigna de atención, señalando, además, con absoluta razón, que “la vida de las
comunidades pequeñas… aporta experiencias humanas ejemplares para cualquier
hombre” (González dixit).
La
historia de los josefinos la relaciona con la historia de los grandes
acontecimientos nacionales, ejercicio por demás interesante y deslumbrante,
pues marca lo que parecen ser destinos e intereses distintos en un primer
momento, sobre todo durante el transcurso del siglo XIX, pues mientras que la
guerra de reforma, la república restaurada y el inicio del porfiriato eran
acontecimientos que cimbraban la vida de la república, estos grandes
acontecimientos pasaron prácticamente desapercibidos por estos habitantes,
quienes estaban más interesados en los acontecimientos naturales o
religiosos, pues estaban seguros que de éstos dependían años buenos o malos en
cuanto a la producción de sus alimentos. Se puede decir que ninguno de los
denominados grandes acontecimientos nacionales hizo mella en la forma en que
ellos establecían sus relaciones sociales de producción. Será con el sinuoso
siglo XX (con el desarrollo del capitalismo, sus inventos y sus abyecciones)
que los grandes acontecimientos terminarán por repercutir en esta pequeña
población del noroeste de Michoacán.
El
libro muestra, con gran amor y melancolía, por una parte, lo que el viento se
llevó, en términos del estilo de vida de los josefinos en lo económico, en lo
social, en lo espiritual, en lo político y en su relación con lo exterior, por
otra parte, señala lo que perdura y lo que está por venir en términos de
oportunidades, pero sobre todo de desafíos. Su estudio abarca una centuria,
desde 1861 hasta 1967, periodo durante el cual el pueblo tuvo que luchar por
sobrevivir a varios vaivenes del destino, —vaivenes que están, por demás, a la
vuelta de la esquina para cada individuo, grupo o pueblo—. San José de Gracia
se consolidó como pueblo en 1888, fue creciendo lentamente hasta el final del
porfiriato, pero durante la revolución fue barrido, otro tanto sucedió durante
la guerra cristera y, como saliendo de entre sus cenizas, volvió a renacer para
aprender de lo vivido y retomar su vida con mayor ahínco y bravura. Para cuando
concluye la obra, el autor ve a San José de Gracia como un pueblo en vilo, con
un destino incierto, inestable y frágil. Sin embargo, poco tiempo después de
que Luis González terminara su libro, se decretó el nacimiento del municipio
Marcos Castellanos con Cabecera en San José de Gracia. Hoy por hoy se podría
decir que San José de Gracia es una ciudad en ciernes “sin los humos, los
olores desagradables, las miradas torvas, los asaltos y la inhumanidad de las
urbes con exceso de hombres” (González dixit).
El
libro está desarrollado, además del prólogo, en tercias; a manera de
introducción, tres entradas, el desarrollo o cuerpo de la obra está dividida en
tres partes y, a manera de conclusión, tres salidas. Respecto a la primera
parte de la obra rescato en términos generales el estilo de vida de los
habitantes de esta región en el siglo XIX. Sus actividades habituales de
relación comunal eran variadas: gastronómicas, deportivas, amorosas, musicales,
ígneas, literarias, de conversación, dramáticas. Los habitantes en general,
eran gente pobre, pero no fue y nunca ha sido una zona de mucha miseria como
tantas otras en México, pues aquí no se cayó en el latifundio ni en el peonaje;
es un pueblo con fervor religioso y desconfiados de la política; su ideal de
hombre es sencillo, hombres cabales, valientes, decididos, con honor y astucia.
Son fuertemente conservadores, “en el hombre no se veían mal los vicios del
cuerpo: la embriaguez, la cópula extramarital, el dormitar en la sombra de un
árbol y el tabaco, el ideal de hombre era poseer tierra, mujer, ganado y oro”
(González dixit), lo que constantemente provocaba feroces duelos entre ellos.
Como buenos conservadores, se sabían muchos pasajes bíblicos y las oraciones
seculares que la iglesia les inculcaba, pero el ser buenos cristianos tenía
poca importancia, pues a menudo los instintos mataban a los buenos mandamientos
divinos.
Como
sociedad conservadora, se valían del refrán que dice, más vale viejo conocido
que nuevo por conocer, por lo que eran tardos en resolver e iba lento el
interés por conocer lo distante, sin embargo, lentamente llegaba hasta su lugar
la aspirina, la máquina de coser, el correo, el periódico, y otras novedades
del mundo exterior. Se mostraban maravillados por el progreso de los cambios
tecnológicos y poco a poco se enteraban de las virtudes del teléfono, el
automóvil, el cine, los tranvías eléctricos, la fotografía, el fonógrafo, la
lámpara incandescente y otros artefactos que causaban entre admiración, asombro
y miedo.
Termino
con un comentario del mismo Luis González para que se animen a leer esta joya
de la literatura: “Todos los pueblos que no se miran de cerca con amor y calma
son un pueblo cualquiera, pero al acercarles el ojo, como es el caso presente,
cargado de simpatía, se descubre en cada pueblo su originalidad, su
individualidad, su misión y destino singulares y hasta se olvida lo que tienen
de común con otros pueblos”.

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